Una humilde propuesta

Si atendiéramos exclusivamente a los datos ofrecidos por el CIS al respecto de los principales problemas que preocupan a los españoles; sin lugar a dudas el debate sobre la forma de la jefatura del estado, situado como principal por menos del 1% de la población, sería uno de esos debates que podríamos decir que no le importa a nadie. Y podríamos pensar que no es para menos en la situación de crisis sanitaria, económica y social en la que estamos instalados. 

 

Pero no nos engañemos el debate del modelo de la jefatura de estado, y su concreción monarquía versus república, es de esos debates que siendo periféricos, pueden convertirse en un momento de desafección ciudadana con las instituciones como el actual, en un factor de desestabilización política. Y desde luego, en manos de los populismos de izquierda y de derecha son un elemento de inestabilidad democrática segura. 

El modelo de estructura política vertebrada a partir de 1981/1982 en España, que es en realidad la contrarreforma reactiva contra lo que algunos definen como el ‘régimen del 78’, es un modelo que asentó en la corrupción estructural uno de sus principales problemas que tiene afectado a los agentes constitucionales (partidos, sindicatos, patronales) y órganos institucionales (legislativo, ejecutivo y judicial), incluido, como no podía ser menos, la jefatura de estado.

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Coronavirus, transparencia y unidad cívica

Llevo semanas huyendo de la idea de escribir algo sobre la situación que estamos viviendo para no sumarme al ejército de ‘entendidos’ y ‘expertos’ que hoy por hoy llenan los medios y las redes.

 

Parto por reconocer mi desconocimiento absoluto en tener médicos o epidemiológicos. Confío en los especialistas y en su compromiso deontológico. Quiero creer que las autoridades, todas en una sociedad democrática y segura, se guían por los principios de hacer el mejor para todos y por la defensa del bien común.

Vivo esta crisis como todos. Con miedo por la enfermedad. Con angustia pensando en mi padre confinado y la posibilidad, aunque solo sea remota, de que le pueda pasar algo a él y sus compañeros de residencia. Con la tristeza de no poder estar con mi hijo adolescente y poder vivir esto juntos. Con la ansiedad por la situación de la economía real y que nos deparará el futuro. Con la indignación con los que se saltan la cuarentena a la ligera y también con aquellos ciudadanos ‘ejemplares’ que están dispuestos a ir señalando los comportamientos de sus conciudadanos desconociendo sus situaciones personales.

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